La vecina le “regaló” a mi hijo una bicicleta vieja, pero su frase una semana después me hizo verlo todo de otra manera…
Os cuento cómo fue todo…
Estábamos con la vecina en el patio, charlando de tonterías. Mencioné de pasada que mi hijo quería mucho una bicicleta para su cumpleaños, pero de alguna manera no conseguíamos comprarla – una cosa, luego otra, el dinero siempre escaseaba. Hizo un gesto con la mano:
– Pues yo tengo una bicicleta vieja tirada en el trastero, llévensela. La arreglan y ya es suya.
Aún así pregunté:
– ¿De verdad no hace falta?
– Sí, lleva años ahí parada, solo ocupando sitio, – respondió.
Bueno, la creí. Por la noche fuimos con mi marido, sacamos la bicicleta. Polvorienta, la cadena oxidada, el sillín agrietado. Pero el cuadro estaba bien. A mi marido se le ocurrió la idea, el niño simplemente estaba feliz – le brillaban los ojos, acariciaba el manillar con las manos, como si ya fuera un modelo nuevo y caro de tienda.
Durante un par de días mi marido estuvo trasteando en el garaje: cambió la cámara, engrasó, apretó algo, repintó el cuadro de un color llamativo. El niño ayudaba, le pasaba las herramientas, limpiaba con un trapo, corría alrededor como un aprendiz junto al maestro. Cuando terminamos todo, la bicicleta parecía nueva. Sinceramente, le di las gracias a la vecina de corazón – para nosotros fue un regalo de verdad.
Mi hijo se subió por primera vez y dio una vuelta por el patio, tan contento, gritando:
– ¡Mamá, mira cómo vuelo!
Y se me puso el corazón calentito. Mira, parece que de la nada, de un trasto viejo – pero para el niño fue una fiesta.
Pasó una semana. Ese día yo estaba trabajando, el niño jugaba solo en el patio. Vuelve a casa algo pensativo. Se sentó en el taburete de la cocina, callado. Le pregunto:
– ¿Qué ha pasado?
Él se remueve, da vueltas a la taza de té y dice:
– Mamá, hoy estaba montando, y la vecina me vio. Y dijo: “Dile a tu madre que al menos pague algo por la bicicleta. Si era el regalo de mi padre…”
En ese momento se me encogió todo por dentro. Pensaba – trasto viejo, cosa innecesaria, y resulta que era el recuerdo de su padre. Y ella al principio ni una palabra de eso. Dijo “está tirada, llévensela” – y ahora a través del niño me hace saber que le duele y como si le hubiéramos quitado algo.
Por la noche ella misma llamó a la puerta. Está en el umbral, algo confundida, los ojos rojos. Dice:
– Creo que me pasé. Es que cuando vi la bicicleta… si me la compró mi padre, justo antes de… bueno, ya sabes. Pensaba que no me importaría. Pero entonces, cuando me acordé de todo, pues…
Y se quedó callada.
Le propuse:
– Permítame, se la devolvemos. Al niño se lo explico, lo entenderá.
El niño justo lo oyó, salió de la habitación y dice:
– Si es importante para usted, llévesela de vuelta. Yo no me voy a enfadar.
Y entonces ella se echó a llorar justo en el umbral:
– No. Ya no. Yo misma la regalé. No tengo razón, debí decir desde el principio que era un recuerdo. Solo pensaba que podría soltarla, pero cuando la vi… se me vino todo encima.
Estábamos las tres en el pasillo, y la verdad, sentí mucha pena por ella. Se notaba que para esa persona no era cuestión de dinero, ni de la bicicleta – sino de dolor. De lo que queda de una persona cercana.
Al final llegamos a un acuerdo: la bicicleta se queda con nosotros, el niño prometió cuidarla. Y la vecina a veces lo mira montar, y sonríe ya de otra manera, sin ese dolor en los ojos. Mi hijo dijo después, por la noche:
– Mamá, lo he entendido. Es como si yo le diera a alguien tu taza, de la que siempre bebes té. Tú también dirías al principio “pues llévensela”, y luego estarías triste.
Y ahora me siento a pensar: por un lado ella misma dijo “llévensela”, pero por otro lado – no podemos ver dentro del alma de las personas, no sabemos lo que significa para ellos ese objeto. Y parece que nadie quería ofender a nadie, pero la promesa quedó pesando sobre todos igual.
¿Y vosotras qué pensáis? ¿En una situación así sería correcto devolver la bicicleta enseguida, aunque al niño le guste mucho, o ella misma debería responder por sus palabras?