Durante quince años puse la cena en la mesa puntualmente a las siete; este viernes llegó el tercer “me retraso” seguido, le tapé el plato, me senté frente al ordenador y vi cuál era la verdadera razón de esos retrasos.
Durante quince años tuvimos una rutina. Yo preparaba la cena para las siete. No porque él lo exigiera, simplemente así
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