HISTORIAS DE INTERÉS

Una niña dibujó un retrato de su futura hermana, y unos meses después, su madre la trajo a casa

Sofía tenía siete años cuando le dijo a su madre por primera vez que iba a tener una hermana. Sucedió una tarde tranquila en la mesa de la cocina, entre sorbos de cacao y delicados tragos de té de su madre.

— Tendrá el cabello oscuro y un lunar cerca de la nariz, — dijo Sofía sin levantar la vista del papel. — Llevará un suéter verde.

Su madre sonrió. Sofía siempre había tenido una imaginación vívida. Sus dibujos decoraban todo el refrigerador, y en sus cuadernos, en lugar de tareas escolares, a menudo aparecían historias sobre una niña llamada Lili — la misma Lili que un día Sofía dibujó.

En el retrato, Lili estaba sonriente, con una abundante cabellera y ojos grandes. Llevaba un suéter verde, exactamente como el que Sofía había visto una vez en el escaparate de una tienda y dijo que sería perfecto para una hermana.

La madre no discutió. Simplemente asintió y dijo:

— Vamos a ver qué pasa.

Pasaron varios meses. La vida seguía su curso: la escuela, los paseos, las tareas. Pero todos los días Sofía dibujaba a Lili. A veces en los columpios, otras en la nieve, otras más sosteniendo un helado. En algún momento, había tantos dibujos que su madre le sugirió que hicieran una caja especial para guardarlos.

Y entonces, un día, su madre trajo a casa a una niña pequeña.

— Esta es Lili, — dijo simplemente. — Vivirá con nosotras.

Sofía se quedó inmóvil. La niña era más joven, delgada, un poco cautelosa. Pero tenía el cabello oscuro. Y un pequeño lunar cerca de la nariz. Y… un suéter verde. El mismo.

— Tú la dibujaste, — susurró su madre. — Y tenías razón.

Resultó que la madre llevaba tiempo pensando en adoptar. El proceso avanzaba lentamente y en secreto. Pero cuando en la agencia le mostraron la foto de Lili, la madre sintió lo mismo que Sofía cuando la vio por primera vez en su dibujo.

Al principio, Lili era muy callada. Se mantenía al margen, observando con cautela. Sofía empezó a dejarle sus dibujos en la almohada, le ofrecía galletas y le mostraba sus juguetes. Hasta que un día, Lili agarró un lápiz y dibujó a Sofía — tal como la veía: con una sonrisa abierta y dos tazas de cacao sobre la mesa.

Desde entonces, dibujaban juntas. A veces sin hablar, simplemente sentándose una al lado de la otra. Su álbum se llenó de nuevas historias. Y años después, cuando ambas crecieron, en la caja rotulada como «Primeros dibujos» todavía estaba aquel retrato — de la niña con el lunar y el suéter verde.

Porque a veces el amor llega primero en los colores de un lápiz. Y luego — en la realidad.

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