GATOS

Una mujer alimentaba a un gato callejero hasta que descubrió que era la mascota de alguien que había perdido hace mucho tiempo

El gato llegó a la casa de Marta una temprana primavera. Era delgado, con el pelaje desaliñado, una mirada cautelosa y el andar de un viajero cansado. Ella lo vio cerca del cubo de basura, puso un platito con comida — y así comenzó su amistad casi sin palabras.

Venía todas las tardes, se sentaba en el porche, esperando pacientemente. A veces dejaba que lo acariciara; otras — simplemente la miraba a los ojos, como si estuviera recordando algo. Marta lo llamó Oliver. El nombre llegó de manera natural. No sabía de quién era, ni de dónde venía, pero sentía que ese gato no era simplemente un callejero.

Pasaron varias semanas. El gato se hizo habitual. Dormía debajo del porche, comía con cuidado, sin exigir más de lo necesario. Marta empezó a hablarle — en voz baja, como si hablara con alguien que lo entiende todo. Le contaba sobre sus días, sobre libros, sobre recuerdos. Especialmente sobre Nicolás.

Nicolás fue su primer amor. Juventud, música, paseos hasta el amanecer. Luego — una discusión, la distancia, la vida por separado. No había sabido de él en muchos años. A veces intentaba encontrarlo, pero sin éxito. Era como si hubiera desaparecido.

Un día, mientras Marta acariciaba a Oliver, sus dedos toparon con un viejo collar delgado oculto bajo el pelaje. Estaba desgastado, pero tenía una pequeña placa de cobre. La limpió — y leyó: «Oliver. Devuélvase si se encuentra. N. García. Teléfono …»

Marta contuvo la respiración. García — el apellido de Nicolás. Reconoció la letra. Sus manos temblaban mientras marcaba el número — por si acaso, sabiendo que lo más probable es que ya no existiera.

Pero el número funcionó. La voz al otro lado era ronca y sorprendida.

— ¿Hola?

— Disculpe… Este gato. Oliver… está conmigo. Encontré la placa. ¿Es usted Nicolás García?

— Sí. ¿Quién habla?

Marta se quedó en silencio por un segundo.

— Soy Marta.

Silencio. Luego, una respiración. Y las palabras: «Se fue hace más de un año. Pensé que lo había perdido para siempre…»

Se encontraron dos días después. En el parque donde solían pasear en su juventud. Nicolás había envejecido, igual que ella. Pero en sus ojos aún brillaba aquella luz de siempre. Oliver saltó hacia él de inmediato, y luego volvió a Marta. Como si dijera: ahora ambos saben.

Pasaron un largo rato sentados en el banco. Sin reproches, sin preguntas. Solo hablaban. Y reían. Y recordaban.

Ahora Oliver vivía con ambos — alternando. En la casa de Marta y en el apartamento de Nicolás. Era como un puente entre el pasado y el presente, como una prueba de que las casualidades no son casuales.

Y Marta a menudo pensaba: si no hubiera puesto aquel platito en el porche, si no hubiera extendido su mano una tarde de primavera — nunca se habrían vuelto a encontrar.

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