Un niño pedía un deseo en un viejo puente, arrojando una moneda, – y un día, alguien le respondió
En un parque de la ciudad, rodeado de árboles y un estanque, había un viejo puente de madera. Era estrecho, con barandales desgastados y tablas que crujían al caminar, pero tenía algo especial: los niños creían que si arrojabas una moneda al agua y pedías un deseo, tarde o temprano se cumpliría.
Max, un niño de ocho años con cabello siempre despeinado y una voz suave, iba allí casi todos los días. Se paraba en el borde, apretaba una moneda en el puño, susurraba su deseo – siempre el mismo – y la lanzaba al agua. Después observaba con atención cómo las ondas se expandían sobre la superficie, como si esperara una respuesta.
Su deseo era simple: «Que papá vuelva a casa». Su padre trabajaba en otro país, llamaba con poca frecuencia y, con cada mes que pasaba, parecía estar más «lejos». Su madre le explicaba que a veces los adultos tenían que irse por trabajo. Pero Max seguía yendo al puente.
Hasta que un día de gris noviembre, tiró otra moneda como siempre. Pero, cuando estaba a punto de irse, notó un pedazo de papel doblado en la barandilla, sostenido por una hoja de arce. Con cuidado, lo tomó y lo desdobló.
En el papel había un dibujo. Un niño en el puente y una gran mano extendiéndose hacia él desde las nubes. Abajo, escrito en una letra cuidada, se leía: «Te escucho. No te detengas».
Max miró a su alrededor. Nada. Solo el viento murmurando entre las hojas caídas. Presionó el papel contra su pecho y corrió de vuelta a casa.
Desde ese día, cada vez que tiraba una moneda, dejaba una nota. «Hoy saqué la mejor nota en clase», «Te extraño», «¿De verdad viste mi dibujo?» – y siempre encontraba una respuesta. Corta, amable, sin firma. A veces, junto con la nota había un pequeño regalo: una flor seca, un caramelo, un lápiz, o incluso una grulla hecha de papel.
Su madre notaba cómo Max estaba más tranquilo. Había vuelto a reír. A veces lo acompañaba al parque, pero se quedaba a cierta distancia, permitiéndole estar en el puente a solas.
Un mes después, Max llegó a casa con una carta real. Con sello y todo. Era de su padre. Dentro, un papel escrito a mano. Su papá le contaba que regresaba. Que su contrato había terminado. Que ya había comprado un boleto. Que lo extrañaba mucho. Que soñaba con verlo de nuevo, más crecido.
Max miró la carta y luego su caja con las respuestas del puente.
— ¿Crees que fue él? — le preguntó a su mamá.
Ella lo abrazó.
— Creo que fuiste tú. Tú creías. Y a veces, la fe es el puente más fuerte de todos.
Max volvió al puente. Esta vez, sin ninguna moneda. Solo con una nota:
«Gracias. Lo logré».
Y, junto a la nota, dejó una pequeña figura de un niño tallada en madera. Por si alguien más iba a pedir un deseo. Para que supieran que, a veces, los deseos se cumplen. Sobre todo cuando alguien los escucha.