HISTORIAS DE INTERÉS

Un niño pasaba horas sentado junto a las vías del tren, saludando a los trenes que pasaban, hasta que un día uno de los maquinistas se detuvo

En las afueras de un pueblo, donde las vías atravesaban un campo, vivía un niño llamado Luis. Tenía nueve años y, cada tarde, después de la escuela, corría hacia el ferrocarril. Se sentaba en un viejo tronco cerca del terraplén y esperaba. Sus ojos castaños brillaban cada vez que escuchaba el retumbar a lo lejos, y saltaba de emoción para agitar sus manos al tren que pasaba.

A veces los maquinistas no le prestaban atención. A veces hacían sonar brevemente la bocina en respuesta. Pero había uno, cuyo tren siempre reducía un poco la velocidad y que se aseguraba de saludar a Luis desde la cabina. Luis incluso le puso un apodo: “Señor Gorra”, porque siempre llevaba una gorra azul oscura y tenía bigote.

Con el tiempo, este ritual se volvió algo cotidiano para Luis. No sabía quién era ese maquinista ni cómo se llamaba. Pero, en esos breves segundos en los que sus miradas se cruzaban, sentía que algo los unía. Para él, no se trataba solo de un tren pasando rápidamente; era como si alguien, de alguna manera, lo notara y le importara su presencia.

Un día, el tren comenzó a disminuir la velocidad más de lo habitual. Luis se quedó sorprendido; normalmente no cambiaba tanto su ritmo. Esta vez, el tren casi se detuvo. Desde la cabina descendió aquel maquinista de la gorra azul.

— Hola —dijo el hombre—. Tú debes ser Luis, ¿verdad?

El niño, un poco desconcertado, asintió con la cabeza.

— Te veo aquí casi todos los días. ¿Sabes? Ya eres parte de nuestro recorrido. Todos en la estación hablan de ti. Tus saludos nos animan mucho.

Luis no sabía qué decir. Nunca pensó que alguien realmente notara sus gestos cargados de entusiasmo.

— Hoy es un día especial. Es la última vez que esta locomotora pasa por tu pueblo —van a cambiar la ruta. Pensé que debía detenerme para darte las gracias.

El niño sintió un nudo en la garganta, una mezcla de sorpresa y tristeza. Pero el maquinista, al notarlo, le sonrió con calidez.

— Tengo algo para ti.

Regresó a la cabina y trajo consigo una pequeña bandera con el logotipo del ferrocarril. Se la extendió a Luis.

— Ahora también eres parte de nuestro equipo.

Cuando el tren arrancó de nuevo y desapareció lentamente en el horizonte, Luis se quedó de pie junto al terraplén, sujetando con fuerza la bandera entre sus manos. Se sentía importante. Supo, en ese momento, que incluso en los días más comunes hay lugar para los milagros; solo hay que estar en el lugar indicado y creer que alguien lo notará.

Desde entonces, Luis siguió visitando las vías del tren. Ahora los trenes eran otros, con maquinistas diferentes. Pero, con el paso de los años, llegó el día en que él mismo se puso una gorra azul y se subió a la cabina de una locomotora, decidido a transmitir esa pequeña alegría que había sentido cuando todo comenzó.

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