Un niño dejaba comida en el alféizar de la ventana, y un día vio un par de ojos curiosos mirando desde afuera
Tomás tenía solo cinco años, pero ya tenía una misión importante. Todas las noches, antes de acostarse, colocaba un poco de comida en un pequeño platito — un trozo de queso, medio manzana, a veces una galleta — y lo ponía en el alféizar de su ventana. Era su pequeño ritual.
Cuando su mamá lo vio hacerlo por primera vez, se sorprendió:
— ¿A quién quieres alimentar, Tomás?
— A un invitado, — respondió él con seriedad. — Viene por las noches. Pero todavía tiene miedo de entrar.
Ella sonrió, pensando que se trataba simplemente de la imaginación de su hijo. Pero Tomás estaba convencido — alguien, desde fuera, se asomaba a su ventana cada noche.
La casa estaba en las afueras, cerca de un parque y un pequeño bosque. Desde una rama del viejo roble que casi tocaba el cristal era fácil mirar por la ventana. Cada mañana, al despertar, Tomás encontraba el platito vacío. Ni una miga quedaba. A veces — una huella húmeda parecida a una patita. En otras ocasiones — un trocito de hierba o una pluma.
Pero un día, justo cuando su mamá apagó la luz y salió, él se quedó despierto bajo las mantas esperando. La noche estaba tranquila. Solo se escuchaba el susurro de las ramas del árbol. Tomás estuvo a punto de quedarse dormido, cuando de repente un leve rasguño llamó su atención. Lentamente se levantó, giró la cabeza hacia la ventana — y se quedó helado.
Detrás del vidrio había ojos. Grandes, redondos, de un verde claro, que lo miraban directamente. Luego apareció una carita cautelosa — grisácea, esponjosa. La criatura, parecida a un mapache, estaba de pie sobre sus patas traseras, apoyándose en el alféizar.
Tomás no sintió miedo. Solo se incorporó un poco y dijo con suavidad:
— Hola.
El invitado se detuvo, luego bajó lentamente la cabeza hacia el platito, tomó un pedazo de manzana y volvió a mirar al niño. Durante unos segundos solo se miraron el uno al otro. Después, la criatura desapareció en la oscuridad.
A la mañana siguiente, Tomás le contó todo a su mamá. Ella pensó que debía mostrárselo a su papá. Juntos instalaron una cámara en el alféizar de la ventana. Y efectivamente — en el video apareció un pequeño animalito. Parecía silvestre, pero no daba miedo. Se había acostumbrado a la casa, al niño.
Desde entonces, Tomás continuó dejando comida. Su “invitado” venía con más frecuencia, e incluso a veces traía algo a cambio — una bellota, una piña, una vez incluso una piedra brillante.
Con el tiempo, esa conexión se convirtió en una verdadera amistad. Sin palabras, pero cargada de confianza. Y Tomás aprendió que, a veces, para encontrar un amigo, solo necesitas un poco de bondad y paciencia.
Y cuando alguien le preguntaba si creía en los milagros, simplemente sonreía y asentía con la cabeza: porque los había visto — con sus propios ojos, detrás del cristal.