HISTORIAS DE INTERÉS

Un gorrión visitaba el balcón de un anciano cada mañana – un día trajo algo sorprendente

Cada mañana, exactamente a las 07:30, el señor Edward abría la puerta del balcón, colocaba su taza de té caliente sobre la mesita y desmenuzaba un poco de pan sobre la barandilla. No esperaba a nadie — simplemente lo hacía por costumbre. Desde hacía dos años, lo visitaba el mismo gorrión. Pequeño, bullicioso, con una pluma de un ala siempre rebelde. Edward lo había apodado el Señor Plumón.

El gorrión llegaba siempre puntual. Primero se posaba en la barandilla, trinaba como si estuviera saludando, y luego se ponía a picotear las migas. A veces Edward hablaba con él. Le contaba sobre el clima, recordaba historias de su juventud, o leía en voz alta fragmentos del periódico. La pequeña ave parecía escucharle.

Los vecinos sonreían al verlo. Algunos pensaban que era extraño, otros — encantador. Pero para Edward, aquello se había vuelto una parte fundamental de su rutina. Desde que su esposa había fallecido y sus hijos se habían mudado a otras ciudades, apenas tenía con quién hablar. El Señor Plumón se convirtió en un recordatorio de que incluso en la soledad, uno no tiene por qué estar solo.

Y luego, un día, cuando Edward volvió a abrir la puerta y esparció sus migas, el gorrión llegó acompañado de algo inusual. En su pico sostenía una fina cadena. El destello del metal bajo los rayos del sol matutino fue inesperado. El pájaro colocó delicadamente la cadena sobre la mesita y se posó en la barandilla.

Edward, sorprendido, tomó aquel objeto. Era un relicario. Antiguo, ovalado, con un cierre. Dentro — una foto desgastada por el tiempo: una joven con una sonrisa dulce y unos ojos familiares. La reconoció de inmediato. Era Martha — su esposa. Una foto de los tiempos en los que recién comenzaban a salir juntos.

Su corazón empezó a latir con fuerza. No podía entender cómo aquel pájaro había conseguido esa reliquia. Habían perdido el relicario hacía muchos años, durante una mudanza. Pensaron que se había perdido para siempre. Y ahora, estaba ahí, en la palma de su mano.

Al día siguiente, encontró en una caja vieja una nota que decía: «Lo guardaré para siempre. E.» Había estado guardada en ese mismo relicario alguna vez. Edward cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo no sintió melancolía, sino calidez.

Ahora, sobre su balcón, junto a la taza de té y las migas, descansaba un pequeño marco con la foto de Martha. Y el Señor Plumón seguía visitándolo. Ya no era solo un gorrión, sino un invitado matutino que había devuelto a Edward un pedacito de su pasado.

A veces, para recordar quién eres, solo hace falta que alguien pequeño y alado te lo recuerde.

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