Un anciano vivía solo hasta que encontró una caja en el porche con la inscripción: “Esto es para usted”
El señor Benet vivía en las afueras del pueblo. Su casa estaba al borde del bosque, y llevaba quince años acompañándose únicamente de la soledad. Desde que se había jubilado y sus hijos se mudaron a otros países, rara vez hablaba con alguien. Se había acostumbrado al silencio, a la rutina: té por las mañanas, periódico, el cuidado de su jardín, y una cálida cena de avena por las noches.
La gente lo respetaba, pero casi nadie lo conocía realmente. Saludaba con un leve gesto de cabeza en la tienda, a veces prestaba herramientas a los vecinos, pero nunca invitaba a nadie a su casa. En el pueblo simplemente lo llamaban “el viejo Benet”.
Una mañana de primavera, salió al porche a recoger el correo y vio una caja. No muy grande, atada con un cordel, y en ella una inscripción escrita a mano: «Esto es para usted».
Miró a su alrededor. Nadie. Ni rastro de coches, ni siquiera un sonido. Tomando la caja, la llevó a la cocina y la observó durante un buen rato. El papel era grueso, doblado con cuidado. Dentro no había cosas. Había una carta.
– «Hola. No sé cómo se llama usted. Pero paso frente a su casa todos los días camino a la escuela. Siempre miro sus ventanas. Sus flores son hermosas. A veces lo veo en el jardín, regando los parterres. Mi mamá dice que probablemente usted no tiene a nadie. Pero yo creo que simplemente no invita a nadie a entrar. Me parece que usted es una buena persona. Por eso decidí escribirle.
– Me llamo Sofía. Tengo diez años. Le hice un regalo. Solo para que sepa que alguien lo ve».
Debajo de la carta había una pequeña figura de madera: un búho tallado, seguramente a partir de una rama. Un trabajo sencillo, tosco pero hecho con corazón. Y un dibujo hecho con rotuladores: un hombre en un jardín, una niña con una mochila, flores.
El viejo Benet dejó la carta sobre la mesa. Pasaron varios minutos en los que simplemente se quedó sentado en silencio. Luego sacó una antigua cajita de madera y guardó la figura dentro. Salió nuevamente al jardín. Esa misma noche, dejó un pequeño tarro de miel en la reja. Sin nota, sin firma.
Al día siguiente, encontró un mensaje: «¡Gracias! La miel está deliciosa :)». Y al día siguiente, un pequeño brazalete hecho con hilos. Luego, una manzana. Luego, una postal.
Y un día, Sofía llamó a la puerta del jardín.
— ¿Puedo ayudar a cuidar las flores? — preguntó ella, sosteniendo una regadera en las manos.
Él asintió. Desde aquel día, el silencio en su hogar ya no fue total. Trabajaban en el jardín, tomaban té, se contaban historias. Y, al cabo de un mes, él le enseñó a tallar figuras de madera.
Ahora, en el porche de su casa hay dos pares de botas. Y en las paredes, dibujos. Porque a veces, para volver a sentirte importante, solo hace falta una caja con la inscripción: «Esto es para usted».