Un anciano dejaba caramelos en el parque infantil, pero nadie sabía por qué – hasta que contó su historia
Cada mañana, cerca del arenero en un viejo parque infantil, aparecía un pequeño paquete. En él había caramelos — caramelos duros, golosinas, chocolates. Estaban cuidadosamente envueltos en papel limpio, y nunca eran los mismos. Los niños ya se habían acostumbrado: los dulces «mágicos» aparecían cerca de las nueve. Al principio, los padres estaban preocupados, pero luego notaron algo: los caramelos siempre eran frescos, los envoltorios estaban intactos y, tras comerlos, los niños volvían felices.
Un día, una madre llamada Cristina decidió investigar. Llegó antes de lo habitual y vio a un anciano acercarse lentamente al parque. Caminaba apoyado en un bastón, llevaba una chaqueta formal, aunque hacía un calor de verano sofocante. Su nombre era el señor Harris. Dejó el paquete en un banco y estaba a punto de irse, pero se dio cuenta de que Cristina lo estaba observando.
Ella no hizo ningún movimiento brusco.
— ¿Es usted quien deja los dulces?
Él asintió.
— Perdón si asusté a alguien. Simplemente… es una costumbre mía.
Ella se sentó a su lado. El silencio que siguió fue cálido.
— ¿Quiere que le cuente? — preguntó él después de un minuto.
Cristina asintió.
— Fui maestro antes de que empezara a trabajar en la administración pública. Luego, trabajé durante muchos años en distintos lugares, viajes de trabajo, otras ciudades. Y cuando regresé, había aquí un parque. Y un parque infantil. Y cada vez que paso, recuerdo a una niña. Se llamaba Ellie.
Sonrió mientras miraba hacia los columpios.
— Tenía ocho años. Vivía cerca. Todos los días, después de la escuela, pasaba por mi clase — no porque tuviera que hacerlo. Simplemente, le gustaba hablar. Sobre libros, sobre gatos, sobre la vida. Su familia se mudó, y nunca volví a saber de ella. Pero su voz — aquí está, todavía la escucho claramente en mi mente.
Sacó del bolsillo una foto — vieja, descolorida. En ella aparecía una niña con pecas y trenzas.
— Alguna vez me dijo: «Siempre lo reconoceré por los caramelos. No son como los de los demás». En aquel entonces solía llevar caramelos de canela en el bolsillo. Y ahora, cada día, los dejo aquí. Porque tal vez alguien más llegue. Alguien que necesite una señal amable.
Cristina se quedó en silencio. Luego preguntó:
— ¿Y han llegado muchos de esos «alguien»?
El señor Harris se encogió de hombros:
— No lo sé. Yo no compruebo. Lo importante es dejarlos. El resto lo decide la vida.
Desde ese día, los niños empezaron a escribirle notas. «¡Gracias por el caramelo!», «Hoy saqué un diez», «Usted es amable». Él las guardaba en una caja en su casa. Y el parque infantil dejó de ser solo un lugar de juegos — se convirtió en un lugar donde vivían la memoria y la bondad.
Porque a veces, un simple recuerdo dulce puede calentar varios corazones al mismo tiempo.