HISTORIAS DE INTERÉS

María se registró en el asilo: “Y díganle a mi hija que ya no estoy. Así todo será más tranquilo y conveniente…”

En la recepción estaba en silencio. Solo el tic-tac del reloj de pared recordaba que el tiempo no se había detenido. María sostenía su pasaporte y tarjeta médica en las manos. Los dobló cuidadosamente y se los alcanzó a la joven detrás del mostrador. Ella la miró con ligera inquietud, pero no dijo nada. Simplemente tomó los documentos y apuntó algo en el registro.

—¿Tiene familiares? —preguntó sin levantar la vista.

María suspiró suavemente y respondió:

—Tenía una hija. Pero ahora le será más fácil pensar que he muerto.

La joven se detuvo, levantando la vista hacia ella. Al principio quiso decir algo, pero al encontrarse con sus ojos, guardó silencio. Allí, en los ojos de María, no había ni amargura ni rencor. Solo cansancio. Un cansancio profundo, vivido y acumulado a lo largo de los años.

Hubo un tiempo en que la vida de María era diferente. Llena de olores de pan casero, del ruido de pequeños pies infantiles en el suelo, de abrazos por la mañana y cuentos por las noches. Su hija, Clara, era su razón de ser. La crió sola, después de que su esposo no volvió de una operación a la que fue y permaneció para siempre en la sala del hospital.

María lo manejó todo. Trabajo, casa, tareas, actividades, preocupaciones. No se quejaba. Solo por las noches, cerrando la puerta del dormitorio, se permitía unas pocas lágrimas. No por debilidad. Sino por el silencio.

Y luego Clara creció. Se casó, tuvo un hijo, se fue a otra ciudad. Al principio llamaba todos los días. Luego, cada dos días. Luego, una vez a la semana. Y luego… silencio. Sin discusiones. Sin conflictos. Fue simplemente así.

—Mamá, tenemos tantas cosas, lo entiendes… Trabajo, el niño, la hipoteca. Te queremos, de verdad. Pero ahora no podemos viajar, lo siento.

María siempre asentía. Entendía. Siempre entendía.

Cuando le costó caminar, compró un bastón. Cuando le costó dormir, pastillas. Cuando le costó vivir, la soledad. Clara a veces enviaba dinero. Una pequeña cantidad.

María fue al asilo por su cuenta. Llamó, se informó, se inscribió. No le pidió a nadie, no pidió permiso. Simplemente empacó una bolsa, planchó suavemente su blusa favorita y cerró la puerta de su apartamento.

Como despedida, dejó una carta a Clara en el buzón. Sin reproches. Sin recriminaciones.

«Mi niña.
Si alguna vez pasas y no me encuentras, sabrás que no me fui de ti. Me fui hacia mí misma.
No quiero ser una carga. No quiero que elijas entre la conciencia y el tiempo. Que te sea más fácil vivir con la idea de que ya no estoy. Así todo será más tranquilo. Y más conveniente.
Eres maravillosa. Solo que la vida fue diferente.
Te quiero.
Mamá»

En el asilo, María no se quejaba. Leía, cuidaba las plantas en el salón, a veces incluso horneaba pasteles, todavía la dejaban ingresar a la cocina. No lloraba. Y no esperaba.

Pero cada noche, cuando apagaban las luces en el pasillo, abría su bolsa y sacaba una pequeña fotografía. Clara, de unos cinco años. Con un lazo y abrigo rojo.

María acariciaba la foto con dedos temblorosos, cerraba los ojos y susurraba:

—Buenas noches, mi pequeña. Que todo te vaya bien.

Y se dormía. Con la sensación de que, en algún lugar, en otra ciudad, en otra vida, alguien, tal vez, aún la recuerda.

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