Llevó un viejo osito de peluche a la entrada de un orfanato y descubrió que era la clave del misterio de su pasado
Cuando Amelia estaba revisando cajas en el desván de la antigua casa de su abuela, se topó con un osito de peluche. Desgastado, con una oreja despegada y un botón en lugar de uno de sus ojos, yacía en el fondo de una caja de cartón, envuelto en una vieja tela. En el juguete había un pequeño mensaje prendido: «El hogar en el que todo comenzó».
Amelia no comprendió de inmediato lo que significaba. Creció con su abuela y nunca conoció a sus padres. Su abuela rara vez hablaba del pasado, y cuando lo hacía, era de forma esquiva: «Tú simplemente llegaste a mi vida, como un milagro». Amelia nunca insistió en indagar más. Pero aquel hallazgo despertó algo dentro de ella: una extraña mezcla de inquietud y esperanza.
Pasó varios días reflexionando, hasta que recordó que, en un barrio cercano, había un antiguo orfanato. El edificio hacía tiempo que se había transformado en un complejo residencial, pero el nombre — «Sanwood» — permanecía en su memoria. Decidió ir hasta allí. Cogió al osito, lo envolvió cuidadosamente en una bufanda y partió.
Las puertas estaban cerradas. Pero cerca de allí, bajo la sombra de unos árboles, había un banco. Amelia se sentó y simplemente esperó. Tras media hora, una mujer salió del patio llevando una cesta. Reparó en el osito, se detuvo de golpe y, después, se acercó lentamente.
— Disculpa, ¿de dónde has sacado eso?
— Lo encontré en la casa de mi abuela. ¿Estaba conmigo cuando era pequeña?
La mujer asintió y se sentó a su lado. Su nombre era Margaret, y había trabajado en «Sanwood» durante muchos años, desde que era un orfanato. Tomó al osito entre sus manos, pasó los dedos por una costura.
— Este osito tiene un nombre. Se llamaba Hobo. Perteneció a una niña pequeña. Fue dejada en nuestra puerta junto a él y una nota que decía: «Cuídenla. Lo siento».
Amelia contuvo la respiración.
— ¿Esa niña era yo?
Margaret la miró con una ligera sonrisa.
— Siempre lo sujetabas con fuerza. Incluso cuando llorabas. Y luego, una mujer mayor te adoptó. Dijo que eras el sentido de su vida. No dejó ningún contacto, solo prometió darte todo lo que merecías.
Las lágrimas rodaron solas por sus mejillas. De repente, Amelia lo vio todo: los silencios de su infancia, las manos de su abuela, el osito junto a su almohada. Y comprendió que siempre había estado buscando un pedacito de su pasado, el cual había estado con ella todo el tiempo.
El osito Hobo ahora ocupaba un lugar especial en la repisa de su apartamento. Al lado, había una foto de Margaret, con quien había mantenido el contacto. Pero lo más importante era que allí estaba ella misma. Aquella que finalmente entendió dónde comenzó su historia.
Porque, a veces, para encontrarte a ti misma, solo necesitas regresar a tu primer juguete.