En un refugio de animales apareció un misterioso benefactor – pero cuando lo encontraron, resultó que él mismo necesitaba ayuda
El refugio, situado en las afueras de la ciudad, apenas lograba salir adelante. Los voluntarios hacían todo lo que podían: recolectaban donaciones, cuidaban a los animales, los sacaban a pasear y acondicionaban los refugios. Pero, a pesar de su dedicación, el dinero desaparecía más rápido de lo que deseaban. Es por eso que, cuando empezaron a llegar transferencias regulares de un donante desconocido, el equipo quedó en shock.
Cada mes llegaba cierta cantidad — no era enorme, pero sí constante. Con ella podían comprar alimento, pagar parte de los medicamentos o incluso instalar calefacción en la sala para cachorros. Los envíos venían acompañados de notas sin firmar, transferencias etiquetadas como «Para los peluditos». Ni contactos, ni exigencias.
En varias ocasiones los voluntarios intentaron descubrir quién estaba detrás de estos generosos actos, pero los bancos no revelaban la información. Así pasó casi un año. Hasta que, un día, un hombre mayor apareció frente al refugio con un bolso gastado al hombro. Se quedó junto a la entrada, dudando si entrar. Lo vio Laura, una de las voluntarias, y fue inmediatamente hacia él.
— ¿Puedo ayudarle?
El hombre la miró con una leve sonrisa:
— Soy yo. El que les ayuda. Solo quería verlo con mis propios ojos.
Se llamaba Rick. Vivía solo en una casa vieja, no muy lejos de allí. Había sido ingeniero, ahora estaba jubilado. En su juventud, había tenido un perro llamado Buster. Desde que Buster se fue, nunca tuvo otro animal. Pero un día, encontró un artículo sobre el refugio y comprendió que podía hacer algo bueno — discreto, desde las sombras.
— No quería gracias, — confesó. — Solo… saber que alguien estaría más calentito.
Laura lo invitó a entrar. Rick pasó largo rato frente a los refugios, hablando con los perros, acariciando a los gatos. En sus ojos había ternura, como si conociera a cada uno de ellos. Los voluntarios, entusiasmados, comenzaron a contar historias y mostrarle cómo funcionaba el refugio. Pero pronto notaron que Rick estaba cansado. Se veía que le costaba caminar y respiraba con dificultad.
Laura se ofreció a llevarlo a casa. Su hogar era pequeño, casi sin muebles. La estufa funcionaba mal, y el refrigerador estaba casi vacío. Él no se quejaba. Simplemente vivía como podía, entregando lo poco que le quedaba.
Desde ese día, los voluntarios comenzaron a visitarlo. Algunos le llevaban comida, otros instalaron un calefactor nuevo. Un chico arregló el grifo. Y una semana después, un cachorro llamado Chip llegó a su casa.
Al principio, Rick puso resistencia:
— Ya no soy joven.
A lo que Laura respondió:
— Y él — es apenas un bebé. Les será más fácil juntos.
Ahora, Chip espera a Rick en la entrada de su casa. Y en el refugio, en la pared, cuelga una foto con una inscripción: «A quienes ayudan con el corazón». Porque la bondad siempre regresa. A veces — de formas que uno nunca espera.