HISTORIAS DE INTERÉS

En las afueras de la ciudad apareció un desconocido – no hablaba, pero cada día dejaba flores en el monumento

El monumento estaba al final de la alameda – modesto, oscurecido por el paso del tiempo, con las letras grabadas en la placa de granito ya algo desgastadas. Los habitantes locales casi ni lo notaban. En otros tiempos había sido parte del parque, pero los años pasaron, los árboles crecieron, los senderos se cubrieron de hierba. Nadie sabía con certeza a quién estaba dedicado – quizás al fundador del barrio o tal vez a unos héroes olvidados. Pero un día, todo cambió.

El primero en darse cuenta fue el vendedor de periódicos. Él estaba sentado cada mañana temprano en la entrada del parque y conocía a todos los que pasaban frente a él. Y un día vio a un hombre. Alto, con un abrigo largo y un sombrero oscuro. Caminaba despacio, sin prestar atención a los transeúntes, sosteniendo un pequeño ramo de flores frescas del campo.

Cada mañana, exactamente a las ocho, llegaba. Se detenía frente al monumento, dejaba las flores y permanecía en silencio durante unos minutos. Luego, de igual manera, en silencio, se marchaba. Nunca hablaba. Nunca se demoraba.

Al principio, la gente pensaba que era algo excéntrico. Luego empezaron a mostrarse curiosos. Alguien intentó hablar con él – solo asentía cortésmente. Otros lo siguieron para averiguar dónde vivía – pero el hombre siempre desaparecía en los callejones, como si conociera la ciudad mejor que nadie.

Pasaron varias semanas. Las flores en el monumento nunca desaparecían. A veces eran margaritas amarillas, otras, acianos, o simplemente margaritas blancas. No compradas, sino con apariencia de haber sido recogidas en el campo. Los vecinos comenzaron a ir al monumento. Algunos solo miraban, otros también llevaban flores. La curiosidad se transformó en respeto. Los escolares locales limpiaron la placa, los trabajadores municipales despejaron el sendero; incluso instalaron un banco cerca.

Pero el hombre seguía siendo silencioso. Simplemente iba. Un día, una mujer se le acercó. Anciana, con una sonrisa cautelosa:

– Disculpe… ¿usted conocía a quien está dedicado esto?

El hombre la miró, inclinó un poco la cabeza. Luego sacó de su bolsillo una pequeña hoja y se la entregó. Era un boceto. Un retrato de un joven con ropa pasada de moda. En el reverso – una sola palabra: “John”.

La mujer asintió. Recordó las historias de su abuelo. Sobre un joven que ayudó a construir las primeras casas en la periferia, que reunía a los niños por las tardes, que arreglaba las farolas hasta que desapareció. Decían que se había ido, pero algunos creían que le había sucedido algo más. Nadie recordaba su nombre.

Al día siguiente, colocaron una placa en el monumento: “En memoria de un hombre bondadoso, cuyo nombre no todos conocían, pero cuyo acto muchos recordaban”.

El desconocido silencioso siguió yendo. Y aunque nadie llegó a saber quién era, los habitantes ya no hacían preguntas. Porque a veces, una acción sencilla puede devolverle a una ciudad la memoria de lo que realmente importa. Y recordarnos que la gratitud no siempre necesita palabras.

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