HISTORIAS DE INTERÉS

Ella dejaba la muñeca en el parque infantil, y luego descubrió que alguien jugaba con ella por las noches

Ana solía pasear con su sobrina en el parque infantil que quedaba cerca de su casa. Era un parque antiguo, con columpios descascarados, pero los niños seguían viniendo — había un arenero, bancas y un árbol al que se podía trepar. A su sobrina le encantaba llevar consigo una muñeca — de tela, con ojos bordados y largos cabellos de hilo. Un día, la niña la olvidó en una banca, y Ana solo regresó por la muñeca al día siguiente.

Para su sorpresa, la muñeca estaba acomodada con cuidado — no descuidadamente tirada, sino como si alguien la hubiera colocado con esmero, incluso con un pañuelito bajo la cabeza a modo de almohada. Ana sonrió: «Quizás alguien amable la encontró». Se lo contó a su sobrina, pero ella simplemente se encogió de hombros: «Yo no hice nada de eso».

Una semana después, la niña volvió a olvidar la muñeca. Y otra vez, por la mañana, Ana la encontró en otro lugar — junto al arenero, recostada contra un cubito de plástico. Esto ya no parecía una coincidencia. Así que, la próxima vez, Ana decidió dejar la muñeca a propósito. Simplemente para ver qué ocurría.

A la mañana siguiente llegó más temprano que de costumbre. La muñeca estaba sentada en los columpios. A su lado — un vaso de plástico, como si estuviera tomando un té imaginario. Ana se sentó en la banca, mirando la muñeca. Su corazón se encogió: alguien venía aquí por las noches. Alguien que necesitaba jugar.

Ana comenzó a dejar pequeños objetos junto a la muñeca: una servilleta de papel, una pequeña horquilla, una postal. Por la mañana, estos desaparecían y en su lugar aparecían otros: una flor, un caramelo, una concha.

Habló con los vecinos. Nadie había visto nada. En el edificio, nadie parecía saber nada. Entonces Ana decidió esconderse en su coche y esperar a la noche. A las dos de la madrugada, vio a una niña acercarse al parque. Llevaba una chaqueta vieja, piernas delgadas, sandalias. Se acercó a la muñeca, la tomó entre sus brazos, la sentó en el columpio y comenzó a mecerla.

Ana salió del coche. La niña se quedó inmóvil.

— Lo siento, — dijo con voz baja. — Yo solo quería… jugar. Aquí es tranquilo por las noches. Nadie me molesta. Me voy antes del amanecer.

Ana se sentó junto a ella.

— ¿Y dónde vives?

— A veces con mi tía. A veces en ningún lado.

Desde ese día, todo cambió. Ana contactó a los servicios sociales, quienes tomaron a la niña bajo su protección. La niña comenzó a venir al parque con frecuencia — ahora de día. Y siempre tomaba a la muñeca en sus manos, como a una vieja amiga.

La muñeca ya no descansaba en una banca. Ahora reposaba sobre las rodillas de la niña, quien volvió a tener infancia — gracias a un juego nocturno y a una mujer que la notó.

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