HISTORIAS DE INTERÉS

El cartero llevaba cartas a una casa donde nadie había vivido durante años – pero luego encontró una respuesta inesperada

La casa con el número 12 de la calle Elm había sido considerada vacía desde hacía mucho tiempo. Las cortinas de las ventanas estaban descoloridas, el jardín estaba cubierto de maleza, y el buzón chirriaba con el viento. Pero todos los martes seguían llegando cartas. Michael, el cartero, sabía que era extraño. Había estado entregando el correo en esa zona durante más de diez años y recordaba que un día los antiguos habitantes desaparecieron — sin vender la casa, sin llevarse los muebles, sin despedirse.

Las cartas provenían de diferentes remitentes: bancos, catálogos, a veces postales. Michael no sabía por qué continuaban llegando, pero según las normas, debía entregarlas. Cuidadosamente dejaba los sobres en el buzón, ajustaba la tapa y se iba. Así pasaron los años.

Un día, en un húmedo y frío día de otoño, notó que la tapa del buzón estaba entreabierta. Dentro había un sobre sin sello postal, pero con una nota escrita a mano: “Para él”. El papel era reciente, no viejo y amarillento como los demás.

Michael se detuvo. No era lo habitual, pero abrió la carta. Dentro encontró una hoja cuidadosamente doblada. La caligrafía era segura, de trazos redondeados:

> «No sé quién eres, pero sigues trayendo cartas a una casa donde nadie vive. Te veo cada semana. No preguntas, no dudas. Simplemente las dejas. Eso es importante. Pensaba que el mundo había olvidado esta casa. Pero tú recuerdas. Gracias. Bajo esta carta hay una llave. Si quieres, entra. Sólo echa un vistazo».

Debajo de la hoja, efectivamente, había una llave antigua. Michael miró a su alrededor — la calle estaba desierta. Sostuvo la llave en su mano y decidió: si no era ahora, tal vez nunca.

La puerta de la casa rechinó, pero cedió. El interior estaba polvoriento, pero no descuidado. En las paredes, fotografías; en el aire, el aroma del papel antiguo. Sobre la mesa había un montón de cartas, las mismas que él solía dejar. Cada una estaba abierta. Al lado, una taza y una vela.

De entre las sombras apareció una mujer. Alrededor de sesenta años, con cabello gris y postura erguida. No se asustó.

— Soy Sara. Esta fue la casa de mis padres. Volví, pero no quería que nadie lo supiera. Las cartas se convirtieron en lo único que me recordaba que aún existía. Y tú… tú traías ese recordatorio. Sin saber a quién. Pero sin detenerte.

Michael guardó silencio. No lo esperaba. Solo cumplía con su trabajo. Y resultó que era parte de la soledad de alguien, parte de la esperanza de alguien.

Desde entonces, siguió visitando la casa. Ya no solo como cartero. Como amigo. A veces tomaban té en el porche. A veces guardaban silencio. Otras veces, él traía libros o periódicos.

Porque a veces basta con seguir adelante. Incluso si no sabes quién está esperando.

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