HISTORIAS DE INTERÉS

El abuelo nunca perdió ni un solo día en el andén de la estación, esperando encontrar a su hija, quien desapareció en su infancia

En la estación central de un pequeño pueblo, había un lugar que todos conocían: un banco junto a la tercera vía, cerca de la salida. Allí, cada día a la misma hora, se sentaba un hombre mayor con un viejo abrigo gris y un bastón, pulido por el roce de sus manos. Su nombre era Paul.

Los habitantes de toda la vida en el pueblo decían que llevaba muchos años viniendo a la estación. Siempre solo. No esperaba ningún tren en particular, tampoco a ningún pasajero concreto. Simplemente se sentaba y observaba cómo la gente llegaba y se iba. A veces extendía una mano, como si quisiera detener a alguien, pero enseguida apartaba la mirada. Parecía que algo recordaba o buscaba a alguien. Ante cualquier pregunta, siempre respondía con una sonrisa educada: «Sólo observo las caras».

Sin embargo, había quienes conocían la verdad. Décadas atrás, su hija Eloísa desapareció. Tenía tan solo seis años. Su familia estaba preparando un viaje y, en el ajetreo de la estación, la niña se perdió. La policía intervino, se hicieron anuncios, se organizaron búsquedas, pero no hubo éxito. No hubo pistas, ni testigos, sólo el dolor y el silencio que destrozó a la familia. Con el tiempo, todo se fue apagando, excepto la esperanza de Paul.

Paul se quedó solo. No quiso mudarse ni cambiar sus costumbres. Su casa estaba a veinte minutos a pie de la estación, y cada mañana se ponía su abrigo, agarraba su bastón y caminaba hacia el andén. Al principio la gente lo veía con lástima, luego con respeto. Se convirtió en parte del paisaje de la estación: como el reloj en la pared o el aroma a café en la sala de espera.

Pasaron los años. Cambiaron los edificios, renovaron los andenes, se instalaron taquillas nuevas. Pero Paul seguía llegando cada día para sentarse en su banco. A veces llevaba flores, que colocaba en el borde del asiento, mientras miraba a los trenes que llegaban. No llevaba una foto en las manos. Sabía que, si veía a Eloísa, la reconocería por sus ojos.

Un día, una mujer joven se sentó a su lado. Estaba acompañada de una maleta y, mirando al hombre, le dijo:

– Usted viene aquí todos los días, ¿verdad? Lo veo por la ventana del tren cuando vengo a visitar a mi abuela.

Paul asintió, sin sorprenderse. Ya estaba acostumbrado a que la gente lo notara.

– ¿A quién espera?

Él la miró y respondió:

– A quien un día perdí.

La mujer no dijo nada. Luego le ofreció un vaso de papel con té caliente.

– Entonces, creo que le vendrá bien un poco de calidez.

Desde entonces, cada vez que estaba en la ciudad, se detenía a saludarlo. A veces le traía un periódico, otras simplemente se sentaba a su lado. Nunca hacía preguntas innecesarias. El tiempo pasó, pero Paul ya no estaba en completa soledad.

Y aunque Eloísa jamás apareció, él sabía que, si algún día bajaba de un tren, él estaría allí, en su lugar de siempre. Porque el amor no se mide por el tiempo: simplemente está. Y, a veces, los gestos más silenciosos son los más poderosos.

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