HISTORIAS DE INTERÉS

Después de una pelea con mi hermana, recibí una postal de ella… pero desde una dirección desconocida

Anna y yo no hablábamos desde hacía dos meses. Antes de eso, lo hacíamos todos los días. Las mañanas comenzaban con mensajes de voz y las noches con memes enviados sin necesidad de palabras, porque todo estaba implícito. Podíamos discutir, discrepar, incluso enojarnos, pero siempre estábamos conectadas. Como si nuestras almas estuvieran entrelazadas.

Nos peleamos por una tontería. Como siempre. Pero esta vez, dolió más de la cuenta. Yo dije algo hiriente. Ella respondió. Y después… silencio. Ni una sola llamada. Ni un «¿cómo estás?» Ni un «recuerda que mañana es un día importante para ti». Yo, por orgullo, no escribí. Esperé. Con la esperanza de que ella fuera la primera en dar el paso. Pero ambas estábamos atrapadas en ese muro de orgullo que nos impedía reconciliarnos.

Pasó casi nueve semanas. Otoño. Humedad. Vacío. Y de repente, una postal. En el buzón. Un dibujo de un faro, el mar, pájaros. En el reverso, una letra que reconocí de inmediato, la misma que había visto desde mi infancia. Letras inclinadas, «T» alargadas.

«No sé cómo arreglar esto. Sólo te extraño. Te escribo desde una dirección donde nadie me conoce. Aquí soy sólo alguien que cometió un error y que espera que, de alguna manera, le respondan».

Firmado: Anna.

Leí la postal cinco veces, al menos. Luego miré el matasellos. Otra ciudad. Sabía que ella había estado allí en verano, visitando a una amiga. Probablemente fue hasta ese lugar sólo para enviar la postal. No quería que supiera desde dónde escribía. No quería que supiera que estaba cerca. O tal vez sólo temía que, al revelarse, fuera más fácil para mí ignorarla.

Sostuve esa postal como si fuera algo frágil. Como un puente tendido sobre el abismo del orgullo. Sobre nuestra obstinación, nuestra terquedad y nuestras dos almas heridas. Como si ella creyera que, si escribía desde su propia casa, yo no la leería. Ese gesto del «otro lugar», quizás, era su apuesta por un nuevo comienzo.

Le respondí el mismo día. Con mi propia caligrafía, en una postal con girasoles:

«Tú no eres sólo una persona que cometió un error. Eres mi hermana. Y eso significa que siempre encontraremos el camino de vuelta. Espero tu llamada. Y te abrazo desde ya».

A la mañana siguiente, sonó el teléfono. No hubo palabras al principio. Sólo respiración. Pausas. Y lágrimas. De ambas. Hablamos durante más de una hora. Sobre todo y nada en particular. Con cuidado. Como si camináramos de puntillas. Pero cada palabra acortaba la distancia. Borraba las semanas de silencio.

Una semana después, vino a visitarme. Con ese mismo faro en las manos. Colgamos la postal en la nevera. Y ahora, ya no es sólo un pedazo de papel. Es un recordatorio: a veces, una postal enviada desde una dirección ajena no tiene que ver con la distancia. Sino con cuánto alguien quiere regresar. Incluso cuando no sabe cómo hacerlo. Y lo importante que es permitirle hacerlo.

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