HISTORIAS DE INTERÉS

Cada mañana, alguien desconocido dejaba flores en la escuela – una maestra decidió descubrir quién era

Las primeras flores aparecieron a mediados de septiembre. En los escalones frente a la entrada principal de la escuela, yacía un ramo cuidadosamente preparado — margaritas amarillas y hierbas silvestres atadas con una cinta verde. Nadie le dio mucha importancia. Era otoño, niños, alguien podría haberlas olvidado. Pero a la mañana siguiente, había otro ramo nuevo.

Y así — todos los días. Siempre temprano en la mañana. Siempre sin notas. Flores diferentes, pero vivas, frescas, como si hubieran sido recogidas con cariño. Alguien pensó que era una broma. Otro — que era una especie de gesto de agradecimiento. Pero Lili, una joven maestra, veía algo más detrás de esto.

Lili daba clases a los grados más pequeños. Sus días estaban llenos de risas infantiles, problemas de matemáticas y manchas de acuarelas. Pero cada vez que entraba a la escuela, se detenía unos segundos, mirando las flores. Alguien las dejaba allí, no para llamar la atención. Estaban puestas de forma sencilla, sincera, como si estuvieran esperando a alguien en particular.

Un día, llegó más temprano de lo habitual. Aún no amanecía. En la escuela estaba oscuro, solo se veía una tenue luz en el área del vigilante. Lili se quedó inmóvil junto a una ventana que daba hacia la entrada. Pasaron unos veinte minutos — y de repente, un niño apareció desde la esquina. No era muy alto, llevaba una chaqueta abrigada y una mochila. Llevaba en las manos un ramo de ásteres. Se detuvo, colocó las flores en los escalones y desapareció rápidamente.

Al día siguiente, Lili lo esperó en la entrada. El niño apareció de nuevo. Ella salió a su encuentro.

— Hola. ¿Eres tú quien deja las flores?

Él se sintió avergonzado y bajó la cabeza.

— Perdón… No debería haberlo hecho… Es solo que…

Ella se agachó para estar a su altura.

— No has hecho nada malo. Solo quería entender. ¿Por qué lo haces?

El niño respiró profundamente.

— Aquí enseñaba mi mamá. Siempre decía que las escuelas deberían tener flores, no solo en las celebraciones. Tras su partida, todo se siente… vacío. Paso por aquí, y quiero que ella esté feliz. Por si acaso puede ver…

Lili asintió. Sabía perfectamente de quién hablaba. La señora Harper se había jubilado el año pasado y luego — de forma inesperada, silenciosa — falleció. Todos la recordaban, pero pocos hablaban de ella. Y su hijo — ahí estaba, con sus flores.

Desde entonces, cada lunes Lili dejaba junto a las flores una pequeña notita: «Gracias por recordar». A veces — una sola palabra. Otras veces — el nombre de una flor. El niño seguía trayendo sus ramos. Y pronto, se unieron a él otros niños, padres y colegas.

Frente a la entrada de la escuela apareció un cartel: «Flores de la memoria». No como un gesto de luto. Sino como gratitud. Por la bondad, por los maestros, por el hecho de que alguien aún cree que los pequeños gestos cálidos son más importantes que las palabras.

Y cada vez que Lili pasaba por ahí, sonreía. Porque ahora, la escuela volvía a florecer.

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