Puse la mesa para seis en Año Nuevo, pero a medianoche nadie vino ni llamó. El primero de enero cambié las cerraduras, guardé las cosas de mi familia en bolsas y, por primera vez en treinta años, decidí ponerme a mí misma en primer lugar.
Durante treinta años recibí el Año Nuevo con las mismas personas. Mi marido, su hermana con su esposo, y dos amigos nuestros de toda la vida, una pareja que conocíamos desde jóvenes. Cada año en nuestra casa. Cada año yo cocinaba. Cada año ponía la mesa para seis y esperaba a que llegaran.
Era mi celebración, no porque así lo hubiera querido, sino porque así ocurrió hace treinta años y nadie volvió a proponer hacerlo de otra manera. Yo compraba la comida, cocinaba durante dos días, decoraba la mesa. Ellos venían, comían, bebían y se iban. Yo lavaba los platos.
Este año empecé a prepararlo todo el veintiocho de diciembre. Compré todo lo de la lista: ensaladilla Olivier, carne al horno, aperitivos, dos tipos de tarta. Puse la mesa el treinta y uno a las seis de la tarde. Seis cubiertos. Seis copas. Velas. Todo como siempre.
A las ocho de la noche le escribí a mi marido para preguntarle cuándo debíamos esperar a los invitados. Me respondió que llegaría un poco más tarde, que se había entretenido en casa de su hermana. Le dije que estaba bien.
A las diez llamé a la hermana de mi marido, solo para confirmarlo. Me dijo que este año habían decidido quedarse en su casa, que estaban cansados del trayecto y que esperaba que mi marido me hubiera avisado. Mi marido no me avisó.
Llamé a nuestros amigos. No contestaron al teléfono.
Le escribí otra vez a mi marido. Me respondió que sí, que todos habían decidido quedarse en sus casas, y que él también se retrasaría, porque en casa de su hermana ya habían puesto la mesa y no quedaba bien irse enseguida. Que pronto llegaría.
Dejé el teléfono sobre la mesa y miré los seis cubiertos. Las seis copas. Las velas, que ya llevaban cuatro horas encendidas.
Eran las diez y media.
Me serví una copa. Sola. Apagué la música que llevaba sonando de fondo desde las seis de la tarde. Me quedé sentada mirando la mesa.
A medianoche empezó en la televisión el mensaje de felicitación. No quise verlo. El teléfono seguía en silencio. Ni una sola de esas cinco personas me escribió. Ni una sola llamó.
Me bebí la copa. Guardé todo en la nevera, con cuidado, en recipientes. Lavé los platos. Me acosté cerca de la una y media.
Mi marido llegó a las cuatro de la madrugada. No me desperté, o quizá hice como que no me despertaba. La mañana del primero de enero él seguía dormido. Yo me levanté a las ocho, preparé café y me lo tomé de pie junto a la ventana.
Después busqué el teléfono de un cerrajero. Estaba trabajando; al parecer, algunos sí trabajan en festivos. Llegó a las once. Para el mediodía, las cerraduras ya eran nuevas. Llave, una sola. La mía.
Mientras el cerrajero trabajaba, recogí las cosas de mi marido. Sin prisas, de forma metódica. Ropa, documentos, libros que sin duda eran suyos. Tres bolsas grandes y una caja.
Cuando se despertó, las bolsas ya estaban en el recibidor. No tenía llave de la nueva cerradura. Yo estaba sentada en la cocina con una taza de café, esperando.
La conversación fue larga. Yo hablé poco. Sobre todo escuché. Después dije que todo lo que viniera a partir de ese momento sería a través de un abogado y le pedí que se llevara sus cosas.
Se fue a las tres de la tarde del primero de enero.
Cerré la puerta. Me apoyé en ella de espaldas. Y por primera vez en treinta años sentí el silencio que puede haber cuando en el piso no hay nadie más que tú.
No era soledad. Era silencio. Son cosas distintas; solo ahora lo entendí.
Díganme sinceramente: ¿hice bien en resolverlo todo en una sola mañana sin darle la oportunidad de explicarse, o treinta años sí merecían una conversación diferente?