HISTORIAS DE INTERÉS

Un hombre notó que su vecina salía cada noche al bosque con una linterna – la verdad resultó increíble

Cuando Peter se mudó a una pequeña casa en las afueras de un pueblo, soñaba con tranquilidad, naturaleza y soledad. Su trabajo le permitía laborar desde casa, y el denso bosque tras su propiedad agregaba una calma especial al lugar. Los vecinos no molestaban, pero había una cosa que lo intrigaba.

Cada noche, alrededor de las nueve, veía a su vecina – una mujer de unos cincuenta años llamada Clara – salir de su casa con una linterna y dirigirse hacia el bosque. Sin perro, sin una cesta – solo con la linterna y una pequeña mochila al hombro. Regresaba una hora u hora y media después, siempre sola. Nunca hablaba con nadie, y parecía no darse cuenta de las miradas.

Al principio, Peter no le dio importancia. ¿Quién sabe qué costumbres tendrá cada persona? Pero día tras día, esto se repetía. Su curiosidad iba en aumento. No se atrevía a preguntárselo directamente, pero un día finalmente no aguantó más y la llamó cuando pasaba junto a él.

– Disculpe, Clara… sale usted al bosque cada noche. ¿Está todo bien?

La mujer se detuvo. Por un momento lo miró, como si decidiera si debía responder o no. Luego, en voz baja, dijo:

– Sí. Voy a recoger sonidos. ¿Quiere que se lo enseñe?

Peter se sorprendió. Pero aceptó.

A la noche siguiente, algo nervioso, la esperó junto a la puerta. Clara llegó, como siempre, con su linterna y mochila, y juntos caminaron por un estrecho sendero que se adentraba entre los árboles. Después de unos quince minutos, llegaron a un pequeño claro con un espacio despejado y una antigua silla de madera. Cerca, había una pequeña grabadora sobre un trípode.

– Grabo los sonidos del bosque. El susurro de las hojas, el canto de los insectos, el aleteo de un búho. Ya tengo toda una colección. Algunos de estos sonidos incluso los vendo – a músicos, diseñadores, ingenieros de sonido. Este pasatiempo se convirtió en mi trabajo, – dijo.

Sacó unos auriculares de su mochila y se los dio a Peter. Él se los puso y escuchó: el suave acariciar del viento, el crujido de algunas ramas, el sonido lejano de una rana, el grito de un ave nocturna… Era una sinfonía de la naturaleza, tranquila pero cautivadora. Peter cerró los ojos, temiendo perder ese momento.

– Empecé a hacer esto cuando me di cuenta de cuánto perdemos en el ruido de la cotidianidad. Aquí el silencio no asusta. Habla. Solo hay que aprender a escucharlo, – explicó Clara.

Desde entonces, Peter comenzó a ver las noches de forma distinta. A veces la acompañaba – solo para escuchar. Otras veces se quedaba en casa, pero ya no se extrañaba del pequeño punto de luz entre los árboles. Entendió que detrás de cada comportamiento extraño puede esconderse algo maravilloso. Y esos sonidos, que antes no notaba, se convirtieron en parte de su vida.

Ahora, cada noche traía algo nuevo. No respuestas, sino sensaciones. Y eso resultó ser lo más importante.

Leave a Reply